Imagen: © César Mejías

Con un muffin y un cortado: trabajar en un café es mucho más eficiente, ¿por qué?

La concentración no es algo mágico que se toma nuestro cuerpo y nos permite escribir o hacer cálculos a toda máquina. Es un proceso que se puede facilitar con un pequeño cambio en nuestra rutina: el efecto cafetería. En El Definido te contamos de qué se trata.

Tags | efecto cafetería, colegios, concentración, productividad, trabajo
No solo sirve pensar “fuera de la caja”, como se dice comúnmente, sino que también trabajar fuera del lugar de siempre.

Cuando estaba en clases del diplomado, un profesor hizo un pequeño experimento (no, no nos metió en tubos de ensayo). Antes que saliéramos al break, nos dijo que a la vuelta eligiéramos cualquier asiento, menos el que habíamos ocupado esa primera hora. La verdad es que a todos nos llamó la atención, pero como queríamos café y galletas, no hicimos preguntas y salimos.

A la vuelta, nos sentamos en otro lugar de la sala, claro que sin cuadernos ni lápices porque quedaron en el primer puesto. La segunda hora empezó y bum: nadie habló ni tomó apuntes. Incluso, ni nos dimos cuenta cuando la clase había terminado. ¿Por qué? Todos estuvimos atentos a lo que decía el profe y conscientes que no teníamos dónde anotar, así que obligados a escuchar con mucha atención (en el buen sentido, claro).

¿Existe algún motivo que justifique sentarse en los mismos lugares? ¿O es sólo por costumbre? Hay una tendencia que se está apoderando de las mentes y los trabajadores jóvenes. Hoy te contamos de qué se trata.

Tu cerebro trabaja mejor en la nueva cafetería que en la oficina

Hacer una maratón de trabajo frente a una fecha límite de entrega, no debería ser una práctica habitual si pasamos 45 horas semanales en la oficina. Sin embargo, es muy común, pues muchos no logran una concentración plena en el trabajo.

Para evitar caer en esta agotadora rutina, Kat Boogaard, una periodista estadounidense especializada en temas de productividad laboral, cuenta que optó por trabajar en cafeterías y que el resultado era evidente: en dos o tres horas avanzaba mucho más que en su oficina (y sin agregar una sobre dosis de cafeína). Así fue como esta práctica la denominó Efecto Cafetería. Ahora bien, ¿a qué se debe?

Según averiguó sobre el tema, existen varias investigaciones que explicarían este hecho. Una de ellas tiene que ver con la novedad, ya que al estar en un nuevo entorno es posible exponerse a nuevos estímulos, por lo que el cerebro libera dopamina, una sustancia que está presente en los estados de motivación. Entonces, nada mejor que estar en un lugar que a uno lo motive a trabajar.

Otro estudio que ella encontró, está relacionado con la neuroplasticidad del cerebro, algo así como la capacidad de adaptación y de aprender cosas nuevas. Si ponemos a trabajar nuestro cerebro en un espacio diferente, este explorará también novedosas formas de desarrollar las tareas habituales.

Así, en la práctica, pudo ver que cada vez que salía de su oficina y se iba a trabajar a una cafetería, estaba asociando que este lugar le permitía aumentar su productividad. O sea, no solo sirve pensar “fuera de la caja”, como se dice comúnmente, sino que también trabajar fuera del lugar de siempre.

Ahora bien, lamentablemente no todos podemos darnos el lujo de aplicar el efecto cafetería, pues muchos de nuestros trabajos requieren que estemos en la oficina, yendo a reuniones o realizando alguna función operativa en el mismo lugar. ¡Benditos afortunados que pueden trabajar con un cortado y un muffin de arándanos! Esos, los trabajadores independientes que solo requieren de su computador para vivir, podrían tomarlo en cuenta.

A ver, a ver, ¿esto también sirve para los colegios?

¡Por supuesto! Kayla Delzer es una profesora estadounidense que se inspiró en Starbucks para diseñar la sala de clases del siglo XXI. Lo que hizo fue sacar los asientos que miran hacia el pizarrón y habilitar un espacio abierto al centro con cojines y piso de goma, rodeado por cinco mesas. Y en cada una, sus alumnos de siete u ocho años, pueden sentarse donde quieran, todos los días. La medida suena simple, pero causó un impacto mayor. ¿Por qué?

Los estudiantes comenzaron a desarrollar su capacidad de elección. Además, los alumnos agresivos bajaron sus conductas de ira y aquellos que se desconcentraban, pudieron seguir el ritmo de las clases.

Tras esta prueba, que bautizó como “Asientos flexibles”, la profesora concluyó: “la revitalización del espacio es una forma directa de permitirles a los estudiantes que ejerzan su elección en el entorno de aprendizaje y encontrar el éxito académico en sus propios términos”, según publicó en una columna en la que comparte su experiencia.

Este modelo lo compartió más en detalle en 2015 en su charla TEDxFargo “Reimaginando las salas de clases: profesores como estudiantes y estudiantes como líderes”, la que incluso la llevó a ser reconocida con el Premio Global Hundred como una de las 100 educadoras innovadoras más importantes del mundo.

Detalles tan mínimos como cambiar de sitio para un alumno o trabajar sentado frente a la ventana, en vez de junto a la sala de reuniones, para un trabajador, pueden hacer una enorme diferencia. Y esto no solo traerá como consecuencia una mayor productividad, sino también más dopamina en su cuerpo y, por ende, una sensación de gratificación. Si podemos, ¡apliquémoslo! No perderemos nada en el intento.

¿Has probado trabajar en una cafetería o cambiar a tus alumnos de puesto si eres profe?