Imagen: César Mejías

¿Qué? O Qué? Los signos dobles en el idioma español son únicos y esta es la razón de su uso

El español es el único idioma en el mundo que utiliza el signo inicial de interrogación (¿) y exclamación (¡), y no es sorpresa: ¡es el idioma que los inventó! Y aún más sorprendente, ¡no fue hace tanto tiempo!

Por Francisco J. Lastra @efejotaele | 2019-04-15 | 13:00
Tags | español, idioma, mundo, rae, ortografía, escritura
El signo de admiración es juzgado con el mismo diagnóstico: el español simplemente no poseía una forma para indicar desde un inicio que se trataba de una pregunta o una exclamación, lo que era algo confuso en oraciones muy largas.

Cuando pensamos en el idioma español o castellano, seguramente la letra ñ es lo primero que se viene a la mente. Sin embargo, hay cosas incluso más exclusivas de nuestra lengua que esta letra que, por cierto, también está presente en varias otras (algunas sin ninguna relación, como el tártaro).

¿Sabes a qué nos referimos? ¡Aquí hay una pista!

Se trata de los famosos signos iniciales de interrogación y exclamación, ambos obligatorios, según la Real Academia Española (RAE), en toda exclamación y pregunta por mucho que WhatsApp y la publicidad moderna se empeñen en hacérnoslo olvidar, ¡y de uso único en nuestro idioma!

- Me encanta el signo de pregunta invertido en español. Te prepara para lo que viene, como la cara confusa de alguien que está a punto de hacer una pregunta. - ¿De qué hablas? - ¡Ahora lo entiendes! Créditos: Itchy Feet

Los tenemos tan interiorizados, que recién nos damos cuenta de lo peculiares que son cuando nos enfrentamos a un teclado en inglés o a un amigo extranjero que, con cara de gran confusión, nos pregunta qué es eso (indicando con el dedo a un “¿” o un “¡”).

¿De dónde surgen estos signos y por qué somos la única lengua en tenerlos? Aquí les contamos.

El origen de los signos

Para contar el origen de las variantes españolas, hay que hacer un pequeño preámbulo sobre los signos de cierre (!?), porque fueron estos los primeros en crearse.

Por milenios, la humanidad francamente no necesitó de signos como el exclamativo y el interrogativo porque, bueno, a nadie le importaba un comino. La comunicación escrita estaba limitada a las clases religiosas y a escribas, por lo que nadie se preguntaba cómo plasmar una pregunta o un grito en un pedazo de papel que pocos iban a poder leer.

Esto, sin embargo, comenzó a cambiar durante la Edad Media, cuando el comercio de libros se hizo más prominente y se hicieron necesarias ciertas triquiñuelas para traducir en escritos aquellas entonaciones y cambios de voz que nos vienen de manera tan natural cuando preguntamos por el valor del pan o cuando le gritamos al vecino que son las cuatro de la mañana y que se ubique, ¡maldita sea!

El signo interrogativo habría sido el primero en ser introducido. En 781 d.C., el erudito inglés Alcuino de York fue invitado a la corte de Carlomagno, donde se convirtió en uno de sus consejeros más importantes. El hombre era un prolífico escritor y no estaba satisfecho con las opciones de puntuación que se limitaban a puntos a distintas alturas. De ahí que creó nuevas marcas, entre ellas un proto signo interrogativo conformado por un punto y una especie de rayo encima.

La obra de Alcuino se expandió por otras cortes, pero tampoco se convirtió en estándar ni mucho menos. Además, se utilizaba tanto para preguntas como para interrogaciones.

Debimos esperar hasta el siglo XVI, después de la invención de la imprenta, para encontrar el signo interrogativo y exclamativo moderno. El primero vendría siendo una estilización del signo de Alcuino hecha por el humanista italiano Aldo Manucio, señala la escritora Lynne Truss en su libro Eats, Shoots & Leaves: The Zero Tolerance Approach to Punctuation.

El signo de exclamación, llamado “de admiración” hasta 1999 por la RAE, viene también de humanistas italianos, quienes sintetizaron la palabra latina io, que denota alegría, que ya se usaba previamente al final de oraciones para expresar admiración. Pusieron la o bajo la i y ¡bingo!

Así lo notaba el ortógrafo español González Correas, en 1630:

“...[E]s una línea derecha sobre un punto, komo una i buelta para abajo: y sirve para señalar, kuando nos admiramos. Xesús, ke gran mal!”.

Correas era propulsor de una reforma del español basada en letras únicas para cada sonido, de ahí que su ortografía resulta zúper yamatiba.

Entonces, ya tenemos en escena a estos signos, los primeros en ser creados y esto explica por qué todos los idiomas los incorporan (salvo algunas excepciones). Pero en algún momento un signo no fue suficiente para cierto idioma en la península ibérica.

¡¿Uno no es suficiente?!

En 1713 se fundó la RAE con la idea de “fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza”, señalaba su impulsor y primer director, Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena.

Con el fin de estandarizar la escritura del español en un imperio donde prácticamente no se ponía el sol, la RAE lanzó en 1741 la primera versión de su Ortographía española, documento donde solo se registra el uso de las ya conocidas marcas de interrogación y admiración finales.

Pero eran tiempos movidos para la ortografía hispana, y en 1754 se publica una segunda edición de la Ortografía Española (nótese incluso que ya hay un cambio en el título).

Esta actualización, además de la preferencia por la f por sobre la ph, incluyó la ch y ll como letras del alfabeto y aún más relevante para nosotros: introduce el signo interrogativo y admirativo inicial.

Describe al signo interrogativo como una s invertida sobre un punto que se ubica al final de toda oración o cláusula donde se pregunta. "Pero no en todos casos es esto suficiente”, continúa el documento, “pues hay periodos largos en los quales no basta la Nota de Interrogante que se pone à lo ultimo, para que se lean con su perfecto sentido" (si se percatan de faltas de ortografía, es porque está copiado según las normas de aquellos tiempos).

El signo de admiración es juzgado con el mismo diagnóstico: el español simplemente no poseía una forma para indicar desde un inicio que se trataba de una pregunta o una exclamación, lo que era algo confuso en oraciones muy largas. La tilde de valor exclamativo o interrogativo (¿Cómo lo hiciste? ¡Qué problema!) que nos da una mano hoy, no existía por esos tiempos, y el español, como otros idiomas latinos, no posee un cambio morfosintáctico como el inglés o el alemán para preguntar (“You do like bananas” Vs. “Do you like bananas?”).

El documento señala que inventar una nueva "nota" no sería bien recibido por el público, por lo que optaron por lo más sencillo: “Por esto ha parecido a la Real Academia se puede usar de la misma Nota de interrogacion, poniendola inversa antes de la palabra en que tiene principio el tono interrogante”. El mismo tratamiento es aplicado para el signo de admiración.

Cabe añadir que estas nuevas señales solo debían utilizarse cuando las frases eran largas. Se necesitaron más de 100 años para que este criterio algo vago quedara zanjado por la RAE que, en 1870, señaló que se habría de usar el doble signo interrogativo independiente del largo de la pregunta. En 1884, le llegó el turno al doble signo de admiración.

Desde entonces, estas peculiares marcas son identidad única del español. Idiomas relacionados como el catalán o el gallego, los usan a la vieja usanza (cuando las oraciones son largas), pero no es obligación formal. El árabe también los usa, pero por el simple hecho de que escriben de derecha a izquierda.

¿Sigue siendo útil?

Aunque nos da el superpoder de hacer preguntas larguísimas, lo cierto es que el español no habría cambiado gran cosa sin estos signos. Más que un cambio urgente, se trató de un recurso bastante creativo impulsado por una incipiente RAE y sus eruditos en un idioma que daba los primeros pasos hacia su estandarización escrita y que ha subsistido aisladamente por cientos de años, convirtiéndose en un ícono de la lengua de Cervantes (aunque el escritor nunca los hubiera podido usar).

La campaña de la demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en Estados Unidos, hizo uso del signo invertido de exclamación para destacar la herencia latina de la candidata.

Y llegó la pregunta candente, ¿siguen siendo necesarios estos signos?, ¿debería flexibilizarse la regla tomando en cuenta que ya tenemos tildes que indican exclamación o interrogación?

Muchísimos idiomas tienen el mismo problema que le fue diagnosticado al español, incluyendo todas nuestras hermanas lenguas latinas, y sus hablantes parecen no necesitar de signos extras como los nuestros. ¿Entonces?

Aunque su funcionalidad es debatible (Neruda los omitía por esta razón), pocos se aventurarían a dudar de lo que representan estos signos para nuestro idioma. Están ligados profundamente al nacimiento de la lengua castellana como la conocemos hoy y se han transformado en un bastión de identidad en tiempos donde los anglicismos aumentan en modo exponencial.

A día de hoy su estatus parece indiscutible, pero nunca digan nunca: así como la RAE introdujo la ch y la ll al alfabeto en 1754, la misma institución las jubiló en 2010. Cuando se trata de idiomas, nunca es tarde para dar marcha atrás o dar un salto hacia el futuro.

¿Te resultan útiles estos signos? ¿Te gustaría conservarlos en nuestro idioma?