Imagen: César Mejías

Cómo el exceso de estímulos tiene a los niños con stress de guerra y los 4 pilares para corregirlo

Muchos niños que viven perfectamente seguros, presentan trastornos similares a niños con estrés postraumático en campos de refugiados. ¿El culpable? Según el profesor Kim Payne, una educación de excesos; por eso incentiva una crianza en la simplicidad.

Por María Jesús Martínez-Conde | 2016-04-21 | 12:08
Tags | educación, crianza, niños, excesos, simplicidad, psicología

Si hay un rasgo que distingue a la mayoría de los niños del mundo, es su capacidad de sorpresa. Los niños aún conocen poco del mundo, sólo el escaso círculo que los rodea de familiares, colegio y amigos. Cuando algo distinto aparece en sus horizontes, de inmediato les llama la atención, se estimulan y se sorprenden, aunque sea un simple juguete nuevo o un increíble viaje.

Nuestros padres y abuelos tenían muchos menos de estos momentos en la vida, que los que tuvimos nosotros. Ahora, cuando hablamos de los niños del nuevo milenio, estos momentos son cada vez más frecuentes y comunes. La sobre estimulación de los medios, del marketing, de los objetos de consumo y de la cantidad de actividades diarias que caben en el estricto horario de un niño de diez años, puede llegar a ser alarmante.

Cabe preguntarnos entonces ¿hasta dónde va a llegar esta capacidad de sorpresa? Un niño que ya no se sorprende, es un niño que se ha habituado a los excesos de la educación actual.

Un preocupante hallazgo

Kim John Payne es un profesor y Máster en Educación estadounidense, fundador de más de 110 escuelas en Estados Unidos, consejero privado, educador de adultos e investigador, que ha creado un innovador concepto educativo para nuestros tiempos: la crianza en la simplicidad (para saber más sobre su sistema educativo se puede visitar su página web).

Este académico postula que nuestras vidas y las de nuestros hijos se han vuelto tan sofisticadas, que poco tiempo tenemos para estar en calma y dejar descansar nuestros cuerpos y nuestros cerebros por un rato. Por otra parte, mimamos tanto a los niños con excesos y estímulos que, peligrosamente, caemos en el riesgo de generarles algunos trastornos mentales; si un niño es demasiado sistemático podría llegar a ser obsesivo, o bien, si otro niño es demasiado volátil y soñador, podría transformarse en un adulto con nula capacidad de concentración.

El punto de inicio de este hallazgo para Payne fue una experiencia bastante alarmante. Cuando comenzaba su carrera, Payne trabajó como voluntario en campos de refugiados, donde debía lidiar con niños que sufrían de estrés postraumático. La actitud de estos niños en el día a día era expectante, sentían que algo malo podía desencadenarse en cualquier momento, eran hiperactivos y cautelosos a la hora de tomar cualquier decisión. La experiencia traumática que habían vivido les había arrancado de cuajo la curiosidad propia de cualquier niño y ya no se sorprendían.

Sucedió que tiempo después a Payne le tocó trabajar en Londres, con niños criados en una ciudad civilizada y segura, con acceso a buena educación y con familias que los amaban. De manera sorpresiva, al tratar con estos niñosse dio cuenta que muchos sufrían los mismos síntomas de los niños con estrés postraumático. ¿Qué sucedía con estos niños criados en ambientes seguros? ¿Por qué se encontraban alerta, actuando con cautela y sin curiosidad por el mundo? Payne llegó a la conclusión de que vivían a expuestos a tantos estímulos, que sufrían de un estrés constante, muy semejante a la experiencia de los niños que vivían en campos de refugiados. Su actuar era el de un individuo viviendo en un entorno en que peligraba, pese a que, por lo menos físicamente, se encontraban perfectamente a salvo.

De acuerdo a Payne, esto se debía principalmente a las expectativas que los adultos estábamos colocando en estos niños, se sentían tan presionados a crecer pronto y cumplir con sus padres, que su estrés alcanzaba cuotas insólitas. Sus cerebros aún eran muy inmaduros y no podían digerir el ritmo de estímulos y actividades diarias,colapsaban y generaban trastornos como los del los niños que vivían en campos de refugiados.

Frente a esta alarmante situación, Payne comenzó a elaborar una interesante teoría…

Los cuatro pilares del exceso

Cada vez estamos más ocupados, vamos más rápido y la megasociedad actual está liberando una guerra no declarada… a la infancia”. Si algunos niños de hoy se sienten internamente como niños en guerra, es porque la sociedad está librando una batalla constante contra ellos, impidiéndoles disfrutar de su niñez y acelerando sus procesos.

Payne señala que los padres, con buena intención y buscando que sus hijos se conviertan en grandes personas, los colman de objetos y actividades que, en su criterio, los ayudarán en su proceso de maduración. Sin embargo, lo que hacen es sobre estimularlos de manera excesiva. Es lo que se llama la “hiperpaternidad”, vivimos encima de los niños otorgándoles todas las opciones posibles para que tengan una buena vida futura. El problema es que son tantas las facilidades y las libertades de opción que ofrece la vida actual, que los niños se vuelven prisioneros de esa libertad. Estos niños no tienen tiempo para aburrirse, lo que resulta fundamental a la hora de estimular su creatividad y su aprendizaje. Los niños son niños y necesitan tiempos a solas, calma, ocio y guía en sus vidas.

Entonces vienen los regalos excesivos: si al niño le gustó un libro de animales, le regalamos cinco, si ama los juegos de video, ya cuenta con dos consolas y tiempo ilimitado para pasar frente al monitor. En promedio, los niños occidentales tienen 150 juguetes cada uno ¡150!

Por esta razón, no es de extrañar que los niños que se han visto afectados por este tipo de trastornos, hayan perdido la curiosidad y la sorpresa. Los estímulos son tantos y tan variados que no hay tiempo para prestarle a cada uno de ellos.

Payne sistematizó toda esta investigación y creó cuatro categorías a las que llamo “los pilares del exceso”, sobre los que se funda la educación actual: demasiadas cosas (juguetes, ropa, libros o tecnología), demasiadas opciones (padres que no dan guías en la vida de sus hijos, sino sólo libertades de opción), demasiada información (los medios cumplen un rol importante en este punto y los niños se ven bombardeados por todo tipo de información e imágenes) y demasiada velocidad (y todo esto, demasiado rápido para ser digerido por sus aún inmaduros cerebros). 

La solución: La crianza en la simplicidad

Si bien el diagnóstico sobre la infancia en nuestras sociedades no es demasiado alentador, Payne ve una salida: educar a nuestros hijos en la simplicidad. Se trata, de alguna manera, de volver a los orígenes, a la vida sencilla de nuestros padres y abuelos que tenían tiempo durante toda una tarde para descubrir cómo escalar un árbol complejo, a qué sabe una hormiga o de investigar cómo lograr que una sábana se mantenga en pie como una ruca con la ayuda de tres escobas. Para proteger a nuestros niños de una sociedad en guerra contra la infancia, debemos protegerlos de ella y de los modelos que impone, preservando el equilibrio mental y emocional de los más pequeños. 

La idea principal es dejar a los niños tiempo para la relajación y, consecuentemente, para la expresión de su creatividad. Si no hay calma, no habrá creación, curiosidad ni sorpresa ninguna.

En este sentido, Payne señala que es vital simplificar cuatro variables: 

1) El medio ambiente en que se desenvuelven: piezas con menos cosas y juguetes, menos atiborradas.

2) El ritmo de sus vidas: hacer más previsibles sus momentos de calma, con momentos rítmicos en que puedan conectarse consigo mismos.

3) Su programación: calmar el exceso de actividades una detrás de otras con cambios demasiado violentos.

4) Desenchufarlos: es decir, desconectarlos de las preocupaciones de los adultos, de los medios de comunicación y del consumismo.

Si estas cuatro variables logran ser controladas por los padres, Payne asegura que los niños estarán más tranquilos y felices, serán más sociales, se enfocarán en el aprendizaje en la escuela, les será mucho más fácil cumplir reglas y ser responsables y, además, serán menos quisquillosos para comer (menos mañosos con la comida, diríamos los chilenos).

En resumen, se trata de fortalecer los valores familiares dejando más tiempo de ocio para pasar juntos, restando importancia a lo material o a cumplir una actividad tras otra, privilegiando tiempos de conversación, risa y de conocerse mutuamente en un ambiente de confianza. La familia debe jugar el papel de refugio del caos cotidiano, el lugar en donde el estrés se afloja, no el que lo potencia. Esto es lo que verdaderamente los convertirá en mejores personas, no tener la colección de libros de moda o el último juguete que estimulará su cerebro al máximo. Un niño recibirá una mejor educación si hay tiempo para que explore, descubra y su capacidad de sorpresa no se vea alterada por una sociedad que pretende convertirlos en adultos demasiado pronto.

¿Cómo educarías a tus hijos en la simplicidad?