Imagen: Gojko Franulic

No saber qué leer: Cinco formas de achuntarle a un buen libro

¿No les pasa que, a veces, tienen ganas de leer… pero no saben qué? Esta es la formula sencilla que Miguel Ortiz nos entrega para no terminar leyendo algo que nos resulte fome o poco interesante.

Por Miguel Ortiz A. @ortizmiguel | 2014-11-05 | 11:00
Tags | miguel ortiz, libros, literatura, clásicos, autores

No es una decisión fácil. Para qué estamos con cosas. No es llegar y agarrar el primero que se nos cruce. Comenzar un libro es un riesgo. Si bien comparto el libertario decálogo que propone el escritor francés Daniel Pennac -en el que se incluye “el derecho a no terminar un libro”-, soy de la idea de que abandonar la lectura en la mitad es, en parte, responsabilidad de cada uno. Que un libro sea aburrido, lento, difícil, monótono o light es algo que podemos prever antes de empezarlo. En esta columna les propongo algunos tips que sirven como “garantía” de que la inversión (en tiempo y dinero) no será en vano.

¿No les pasa que, a veces, tienen ganas de leer… pero no saben qué? La siguiente es una forma sencilla y segura de no “ensartarse” con alguna fomedad.

1) Irse a la segura

Los clásicos no fallan. ¿Para qué arriesgarse con la última novela de un autor emergente? Hay libros antiguos cuya historia y estilo siguen vigentes. Sandías caladas. Son los años, más que los críticos, los que le han dado a estas novelas el privilegiado lugar que ostentan en la literatura universal. ¿No has leído “Crimen y castigo” de Fiodor Dostoievski?, ¿y “Madame Bovary” de Gustave Flaubert? Puedo seguir: “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger, “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, “El retrato de Dorian Grey” de Oscar Wilde, “La metamorfosis” de Franz Kafka, “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll, “Viaje al centro de la Tierra” de Julio Verne, “Rayuela” de Julio Cortázar… todas novelas que valen oro, aclamadas mundialmente. ¿Por qué cerrarse ante magna evidencia?

2) Pedir recomendaciones

Uno siempre tiene un familiar o amigo que ha leído más y mejor que uno. No se pierde nada pidiendo consejo. Ahora bien, también es cierto que –como en gustos no hay nada escrito-, quien recomienda piensa en aquellos libros que a él le gustaron… y no en los que le podrían gustar a ustedes. Son cosas diferentes. Por eso el ejercicio debe ser así: “Quiero leer un libro divertido, livianito, simpático. Recuerdo que lo pasé muy bien leyendo ‘¡Noticia bomba!’ de Evelyn Waugh y ‘El abuelo que saltó por la ventana y se largó’ de Jonas Jonasson. ¿Qué libro de esa onda me recomiendas?”. A falta de un buen consejero, siempre se puede recurrir a algún librero (los de la Feria Chilena, la Catalonia y la Ulises son los mejores). ¿Capisce?

3) Investigar

Mi deformación profesional como periodista me obliga a investigar los libros antes de comprarlos y leerlos. Es algo que recomiendo hacer. ¿Qué premio se han ganado?, ¿qué otras cosas ha escrito su autor?, ¿qué dijeron los críticos sobre él?, ¿cuántas ediciones lleva?, ¿he leído algún libro bueno de su misma casa editorial? Porque ojo: si bien hay cientos de libros buenos, también hay miles de novelas prescindibles y anodinas, muchas de ellas olvidadas en las estanterías de calle San Diego. El proceso de “investigación” previa, asimismo, suele entusiasmarlo a uno con la lectura.

4) Repetirse un autor

Si a mi abuela le quedan ricas las sopaipillas, ¿para qué le voy a encargar churros a mi tía? Recuerdo cuando leí, por primera vez, “El hombre que fue jueves” de G. K. Chesterton: fue amor a primera vista. Su ironía, creatividad y pluma me conquistaron desde el inicio. Entonces seguí con su saga policial que tiene al “padre Brown”, sacerdote católico, como protagonista. Y después “El club de los negocios raros” (¡genial!), y “La taberna errante”… para después devorarme sus ensayos (todos iluminadores). Si un libro nos gustó, es altamente probable que nos guste otro del mismo autor.

5) ¡Nunca confiar en la portada!

El libro puede ser muy bonito, de tapa dura y diseño seductor, pero eso no tiene NADA QUE VER con la calidad del relato. De hecho, casi me atrevería a decirles que la cosa es al revés: si el libro es feo, es muy probable que sea bueno-bueno. Hay en esa fealdad cierto grado de seguridad en el autor, que evita los decorados superfluos para que sea el título de su novela el que se luzca.

¿Cuál fue el último libro con el que se atoraron y dejaron botado?, ¿qué libro se atreverían a recomendar sin temor a equivocarse?