Imagen: Gojko Franulic

Oda al choclón familiar

"¡Qué valiente! ¿Y los tuviste a propósito?". Esa y otras preguntas desubicadas reciben los padres de familias numerosas. ¿Por qué nos parece tan raro tener muchos hijos? Mane Cárcamo le hace una oda a tener una familia-choclón.

Por Magdalena Cárcamo @manecarcamo | 2015-08-17 | 15:00
Tags | hijos, niños, padres, paternidad, maternidad, madres, mamás, bebés, familia, prejuicios
La gente se siente con el derecho a meterse en algo tan personal y pretende que además uno le responda algo como: “En realidad no lo quería para nada, pero igual yo cacho que me voy a encariñar y alimentar como a los otros”

No soy Alf, ni ET y tampoco la Mujer Lobo. Sin embargo, cuando digo que tuve 4 hijos en 6 años, muchas veces me hacen sentir como si fuera una extraterrestre o el personaje raro del circo. Son cuatro cabros y sé que son más que el promedio actual en Chile (1,8 por mujer, según las Estadísticas Vitales del 2012 del INE), pero tampoco soy la Novicia Rebelde.

Cuando cuento la cantidad de hijos que tengo, muchas veces me dicen “¡Qué valiente!", como si me hubiese ido a Siria de camping. Valientes son los voluntarios en Haití, los carabineros a los que les toca trabajar en los clásicos del fútbol o los que aceptan ministerios. Porque para mí, la valentía no se mide en la cantidad de partos que he tenido.

Otra de las frases comunes es “¿No tenís tele cierto?”, como si no tener TV fuera sinónimo de procrear y uno no pudiese (además de ver tele en la noche con el marido) tomarse un vino, conversar, leer, jugar sudoku, sapear en Facebook o por último, la fomedad más absoluta de la vida que es dormirse temprano. Carencia de TV es igual a test positivo en este país.

Pregunta clásica también “¿Y querías?”. Esa pregunta es tan desatinada como si te preguntaran en la fila del banco si te depilaste, el monto de tu sueldo o cuántos kilos has subido desde que te casaste (tema sensible para mi). La gente se siente con el derecho a meterse en algo tan personal y pretende que además uno le responda algo como: “En realidad no lo quería para nada, pero igual yo cacho que me voy a encariñar y alimentar como a los otros”. Freak y desubicado.

Y con esta columna no me quiero transformar en la predicadora de las familias numerosas, ni en la vocera de las multíparas. Pero yo soy muy feliz con mis cuatro cabros y no me siento rara porque me guste tener hartos niños (que tampoco encuentro que sean taaaantos).

Me gusta porque sólo tuve un hermano. Y aunque lo adoro, somos íntimos y él es uno de mis mejores amigos, creo que me hicieron falta más. Porque cuando se fue a Santiago me sentí más sola que asesora comunicacional del grupo Penta y cuando hubo problemas me hubiese gustado tener más compañeros de pieza, más miradas del mundo y más casas donde ir a comer torta cuando me patearon.

Me gusta el trabajo en equipo que se da entre varios hermanos. Todos tienen que hacer de todo y eso no significa darles responsabilidades que no les correspondan. No les pido a mis hijos que le den el Kitadol al de 3 años, ni que firmen las libretas. Pero sí me gusta que el mayor sea capaz de hacerle un pan a su hermano, que sepan que hacer la cama no es sinónimo de un castigo, sino que una manera de aprender a pensar en el resto, que en los recreos si alguien los molesta tendrán un número interesante de guardaespaldas y que si me tienen que esconder algo, tendrán varios aliados para hacerme caer o yo contaré con espías dispuestos a delatarlos por un tarro de Nutella gratis.

Me gustan los ataques de risa antes de acostarse, las zapatillas heredadas, las confusiones de cepillos de dientes, los mini sindicatos que arman para negociar más horas jugando fuera y el espíritu comunitario en donde aunque las cosas tienen nombre, en el fondo todos sabemos (como una regla implícita) que pertenecen a la familia completa.

No todo es Village, ni pretendo vender la foto de “La pequeña casa en la pradera”. Cansan y mucho. En los últimos años he mudado 12.000 veces y hasta ahora el ratón ha tenido que abrir la billetera en 18 ocasiones. Es agotador cortar 50 uñas semanales, pelear con el flagelo de los piojos, preguntar por materias que ni siquiera pasé en colegio, hacer manualidades que para una ñurda como yo son más difíciles que combatir la delincuencia y ejercer como árbitro de La Haya todos los santos días.

Pero al final me gusta el choclón y cuando estoy que los vendo, me acuerdo que nadie me obligó y que con mi marido (porque esto es una decisión de dos) nos embarcamos juntos y de manera libre en este proyecto. Que si lo decidimos así, se hace sin quejas ni caras lastimosas, con esfuerzo, trabajo y ante todo, alegría. Y tampoco quiero deslizar que los que tienen menos hijos, tienen menos pega. Cada uno sabe y mi invitación es a respetar. A no preguntar cuando unos recién casados llevan 15 minutos con la argolla puesta “Y… ¿para cuándo la guagua?”, a evitar meterse en el presupuesto ajeno si el que los va a mantener no vas a ser tú, a dejar de pedir el “hermanito” como si fuese un derecho de cualquiera que tiene la posibilidad de hablar, a cortarla de tejer teorías conspirativas por los que aún no tienen guagua, porque muchas veces ni siquiera imaginamos lo que puede pasar en esa familia… en el fondo, >a no cuestionar algo tan íntimo y sagrado como es la maternidad. Porque con mejores o peores notas, perfectamente peinados o estilosamente desastrados, ayudados por el Ritalín o las Flores de Bach, la mayoría de los que hemos decidido traer más gente al mundo lo hacemos con el mayor amor posible y esas imperfecciones que nos transforman en gente común y corriente.

¿Prefieres pocos o muchos hermanos?