Imagen: César Mejías

La dictadura de lo cool y el absurdo riesgo de pensar distinto a las masas

Te carga el 18 de septiembre, no te conmueven los animales y crees que Nicanor Parra no tiene ninguna gracia. ¿Qué costo tiene pensar distinto a la corriente? Aquí la reflexión de Mane Cárcamo a partir de lo que un breve tweet generó en las redes.

Por Magdalena Cárcamo @manecarcamo | 2016-09-07 | 15:00
Tags | opinión, redes sociales, Twitter, Facebook, trolleo

Todo partió con un tweet muy piola que decía así “Escribiré algo muy políticamente incorrecto: me carga Nicanor Parra”. Y se vino una catarsis digital que aparte de entretenerme muchísimo, me hizo reflexionar sobre el miedo que tenemos los chilenos (no sé si en otros países será igual, viajada no soy) a decir realmente lo que pensamos en público, frente a todos, sin miedo a morir en la guillotina.

Y no me meteré en temas peliagudos como aborto, reforma laboral o gratuidad en la educación por decir algunos. Hablo de temas tan opinables como superficiales, en donde he descubierto que hay una verdadera dictadura de lo que es cool, en el que si alguien llega a manifestar una opinión diferente, de un zuácate se transforma en el nerd del curso con el que nadie quiere almorzar.

Ese tweet aparentemente indefenso desató un gran “open heart” twittero y muchos comenzaron a liberarse dando fuertes declaraciones en contra de un mundo de intocables, a los que hay que ignorar o incluso despreciar en el silencio más absoluto por miedo al rechazo colectivo. Y saltaron frases tales como “No le encuentro la gracia a Coldplay”, “Permiso, a mí me carga 31 minutos”, “Odio a La Ley”, “Qué latero es Manuel García”, “Me encanta ver en la TV a Carlos Larraín y a Francisco Vidal”, “Nunca soporté a Cerati, me caía mal y no podía oírlo” y una lluvia de confesiones que si las publicas en tus redes puede ser seguro un camino rápido y eficaz al suicidio social.

Por ejemplo a mí el 18 de septiembre en verdad no me motiva nada. Sé que hay gente que lo considera el mejor mes sólo por esta celebración, pero personalmente nunca me ha gustado la cueca (que agote eso de escapar porque te andan correteando), el folclore no me inspira, las guirnaldas tricolores las encuentro feas y la chicha me parece tan mala como la Pepsi (resistiré estoica el trolleo de los pepsianos). Y no considero que quiera menos a mi país por no emocionarme con esos días, creo firmemente que cada uno puede elegir como querer a su patria como se le cante y acomode más. ¿Soy una traidora de la nación por odiar las fondas? Me niego a esa sanción.

El mundo cool le impone hartos bozales a las mujeres también. Si una mamá asume que no le gusta amamantar, que la estresa, pero que aun así va a hacerlo igual, porque sabe que es lo mejor para su guagua, la miran como si hubiese tirado una bolsa con 5 gatitos recién nacidos al Mapocho. Solo está diciendo lo que realmente le pasa, ¿eso podemos cuestionarlo y juzgarlo? Tal vez realmente es un suplicio para ella el tema de la lactancia y eso no tiene ninguna relación con el profundo amor que le tiene a su guagua recién nacida.

El tema del fútbol en los niños también lo encuentro mucho. Si uno respeta la libertad del cabro de aborrecer ese deporte, para mucho/as es como si no le enseñaras a la lavarse los dientes. Me parece que ya lo he tratado en otras columnas (estoy como esas viejitas que se ponen repetitivas) pero me niego a obligar a mis hijos a que les guste tal o cual hobby para tener más amigos. Ahí creo que el mundo tiene que cambiar y avanzar hacia el respeto de la libertad. Y al revés también, hace unos meses varios grupos saltaron indignados porque en una municipalidad se iba a impartir un Taller de Princesas. La gente reaccionó como si les estuvieran dando tolueno a las niñas directo a la vena. ¿Qué tiene de malo que una niñita juegue a las princesas, o bien que quiera serlo? Muchas veces pienso que la bandera de las libertades individuales se levanta sólo para las causas que “a mí me representan”, de lo contrario vamos juzgando como deporte nacional.

Las redes sociales son un gran aporte para viralizar buenas causas, llegar a los lugares más impensados, crear alianzas poderosas e incluso generar amistades valiosísimas (me consta de manera personal). Pero también son muy hardcore a la hora de actuar en masa, descontextualizan con una facilidad que asombra y muchas veces nos arrebatan (por su rapidez e instantaneidad) el espíritu crítico y la capacidad de pensar con tranquilidad y de manera ponderada tanto respecto a materias profundas, como en torno a otras totalmente idiotas.

Hace unos meses una persona puso en una de sus redes socias que encontraba a los chilenos feos. No dijo “La Juanita Perez es horrible”. Solo hizo una opinión estética de algo que le parecía acerca de sus mismos compatriotas. El matonaje virtual fue descontrolado y además carente de toda coherencia. Con el afán de hacerla bolsa por encontrar “ofensivos” sus dichos los que le dijeron a ella fueron de un calibre tan fuerte, que la defensa de nuestra raza perdió toda autoridad frente al maltrato que recibió la tuitera en cuestión. ¿Y qué tanto si nos encuentra feos? ¿El IMACEC empeorará más aún? ¿Perderemos la posibilidad de ir a Rusia 2018? ¿Tendremos que ceder mar a Bolivia? Nos encuentra feos y punto. A mí no me parece nada especial la Mona Lisa, ¿y merezco cárcel por opinarlo?

Dejo abierto el debate queridos lectores. Si quieren hacerme pebre (eso sí me gusta del 18) lo entenderé porque son las reglas del juego del género de la opinión. Opinemos distinto, riámonos y si no nos parece chistoso, conversémoslo en buena. Porque  el matonaje masivo no solamente es agotador, también cobarde y lo que es peor muchas veces ni siquiera es capaz de dimensionar lo doloroso que puede llegar a ser.

Y como dijo Jules Renard, escritor y dramaturgo francés, “El único hombre que es realmente libre es aquel que puede rechazar una invitación a comer sin dar una excusa”. Maestro.