Imagen: César Mejías

Decir #NiUnaMenos no basta. Esto es lo siguiente que debemos hacer

Existen mecanismos psicológicos y sociales que nos frenan de actuar en defensa de la mujer cuando está siendo maltratada o humillada. Un simple acto podría cambiarlo todo y la campaña viral #NiUnaMenos es una excelente oportunidad de hacerlo.

Por Marco Canepa @mcanepa | 2016-10-20 | 12:30
Tags | #NiUnaMenos, violencia, género, abuso sexual, machismo, compromiso, acción

Una crítica recurrente en redes sociales, a todo esto de dar likes, cambiarse el avatar y poner hashtags asociados a protestas y movimientos sociales, es que hacer todo eso realmente no serviría para nada. Un gesto simbólico, pero que más allá de dar cierta visibilidad a un tema, no pasa de un acto gregario y transitorio para calmar nuestra conciencia y hacernos sentir que estamos haciendo algo, sin realmente tener que salir de nuestra comodidad y tomar acciones reales al respecto. Una especie de grito al vacío pidiendo que "algo" cambie, pero sin un plan específico ni responsables para llevarlo a cabo.

Uno podría contra argumentar que el sólo hecho de dar visibilidad a un movimiento y generar presión social al respecto, ya es suficiente para generar cambios importantes, sobre todo cuando se trata de protestas contra actitudes transversales (como el machismo): puede cambiar la percepción de qué es socialmente correcto y qué no, afectando así las conductas individuales, y también generar suficiente presión mediática para forzar a las autoridades a tomar medidas que de otra forma no serían prioritarias para ellos.

Aún así, la crítica no deja de tener cierta razón. Efectivamente, un cambio social importante requiere de mucho más que una marcha ocasional una o dos veces al año y una semana de tuiteo intenso, requiere un cambio transversal muy difícil de conseguir. Y en el caso del machismo y la violencia de género, se trata de algo tan extendido, tan difícil de prevenir y perseguir policial y judicialmente, que sería ingenuo creer que la solución al problema está en el Estado.

¿Pero qué más se podría hacer desde la ciudadanía?El siguiente ejemplo podría darnos una pista.

El caso del robo en la playa

En un conocido experimento del psicólogo Thomas Moriarty, un cómplice del investigador se instala en una playa en Nueva York con su toalla y una radio portátil, junto a algún veraneante que toma sol tranquilamente. En la mitad de los casos, el cómplice simplemente se va caminando al mar, dejando su radio ahí; en la otra mitad de los casos, el cómplice solicita al veraneante que vigile sus cosas –y este último accede–, antes de alejarse. A los pocos minutos, otro cómplice, haciéndose pasar por un ladrón, pasa por el lugar, toma la radio de la supuesta víctima e intenta alejarse con ella. ¿Qué creen que ocurrió en ambos escenarios?

En el primer caso, la gran mayoría de los veraneantes simplemente evitó poner en riesgo su vida por salvar un objeto ajeno (sólo 4 de 20 intentaron detener el robo, apenas un 20%). ¿Y en el segundo caso? La diferencia es impresionante: 19 de los 20 veraneantes a los que se le solicitó cuidar las cosas, llamaron la atención del desconocido y corrieron a rescatar la radio de un completo extraño, potencialmente arriesgando la vida (95%).

¿Qué nos dice este experimento? Bueno, primero que todo, que cuando vayas a la playa, sería una buena idea pedirle a alguien que cuide tus cosas. Pero más importante, nos enseña la importancia de asignar roles.

Pongámonos en la cabeza de las personas que estaban ese día en la playa. En el caso del primer grupo, aquel al que nadie le pidió que cuidara las cosas, hay una serie de procesos corriendo por su cabeza al momento de percatarse del robo: ¿Era ese el dueño de la radio? ¿Quizás es un conocido del dueño? ¿O es un robo? ¿Debo hacer algo? ¿Vale la pena arriesgarme? ¿Por qué nadie más hace nada? ¿Por qué debo hacerlo yo? ¿Y si está armado? Bueno, ya se fue... Así, en ese momento de incertidumbre, el mismo titubeo se transforma en la solución más segura: no hago nada y no me siento responsable, porque "quise" hacer algo, pero no supe qué. Se trata de una mezcla tóxica de incertidumbre (determinar si es un robo real o no), apatía grupal (nadie hace nada, así que no hago nada) e indecisión (¿debo hacer algo yo o no es problema mío?).

Ahora analicemos el segundo caso. El dueño de la radio claramente nos señaló que el aparto es suyo y que espera que lo cuidemos. Y más importante aún, aceptamos la misión. Es decir, la decisión ya está tomada y ahora no somos simples veraneantes relajándose bajo el sol, no somos simples espectadores o testigos, tenemos un nuevo rol: somos los guardianes de la radio. Esto es sumamente importante por el profundo sentido de consistencia que tenemos los humanos: nos apegamos a las decisiones que tomamos y buscamos ser consistentes con ellas. Así, cuando nos percatamos del robo, no hay nada que pensar: ese no es el dueño de la radio y yo soy el encargado de defenderla. ¿Cómo podría justificar no hacer nada?

¿Y qué tiene que ver esto con #NiUnaMenos?

Tiene todo que ver, porque hoy en día, ante los constantes maltratos, abusos y acosos que sufren millones de mujeres, muchas veces en plena calle, en el metro, en nuestra oficina o en el departamento de al lado, la mayoría de los hombres y otras mujeres, actuamos como los veraneantes del primer grupo: vemos lo que ocurre con molestia, incomodidad y culpa, pero no hacemos nada (salvo, tal vez, poner un comentario indignado en Facebook horas después), simplemente porque no estamos seguros de cuál es el rol que nos cabe en el incidente. Y ese rol es clarísimo: ¡deberíamos ayudar a la víctima!

Lo anterior es extremadamente grave, y no poca gente ha muerto a vista y paciencia de decenas, y hasta cientos de personas, porque todos los presentes esperaban que alguien más hiciera algo antes de actuar ellos mismos. Uno de los casos más famosos de la historia, fue el de Catherine Genovese, quien en marzo de 1964 fue atacada y asesinada a puñaladas por un hombre en un barrio de Queens, Estados Unidos, ante 38 impávidos vecinos que no hicieron absolutamente nada durante la media hora que duró el incidente; incluso, en dos ocasiones el criminal, espantado por las luces y voces de los vecinos, se alejó, sólo para volver y continuar apuñalándola. Sólo cuando la pobre mujer ya había muerto, uno de los vecinos llamó a la policía. Ninguno de los presentes supo decir por qué no reaccionó, sólo atinaron a decir "porque nadie hacía nada".

Puede parecernos imposible pensar que algo así pudiera ocurrirnos a nosotros, y sin embargo, a diario nos conformamos con no hacer nada malo nosotros mismos, pero esperamos que el control social lo realice otro. Que las autoridades o la policía o las leyes se hagan cargo del problema. Y el tema es que ninguna de ellas puede estar en todos lados en todo momento. Somos nosotros los que debemos actuar primero.

Entonces, esta campaña viral es una tremenda oportunidad para que miles o cientos de miles de hombres y mujeres asuman, oficialmente, un rol más activo en la defensa de la mujer (y de paso, niños, ancianos y aquellos más débiles en general). ¿Cómo?

¿Qué pasaría si aprovechamos el momentum de este movimiento y creamos un sitio donde quien lo desee, pueda "inscribirse" como defensor ante la violencia de género? Se trataría simplemente de firmar un juramento comprometiéndonos a:

1) Vigilar los propios actos para evitar caer en actitudes machistas o que pudieran considerarse acoso: bocinazos, chiflidos, miradas lascivas, "piropos" ordinarios, etc.

2) Defender a cualquier mujer o niña a la que uno vea siendo sometida a un acto de violencia de género.

No hace falta más que eso. Firmarlo sería fácil, ¿quién no está de acuerdo con que uno debería defender a una víctima? Cada uno sabrá qué considera "machismo" y hasta qué grado o de qué modo involucrarse. Lo importante es que cuando el hecho ocurra, no habrá indecisión y ni duda: el rol ya estará tomado y aceptado.

Si se lograse una masa crítica de gente que asumiera ese rol, imaginen lo que ocurriría. Un tipo grita algo en la calle a una mujer, y automáticamente dos o tres personas a su alrededor reaccionaran reprendiéndolo por su desatino. ¿Se animará ese tipo a gritar algo de nuevo?

Idealmente, quienes firmen este compromiso pueden recibir un "diploma" o "certificado" para que impriman y peguen donde deseen, o recibir una chapita o cualquier otra cosa que concretice el compromiso y ojalá sirva de recordatorio diario de la decisión tomada.

No basta con pedir que la sociedad cambie. La sociedad somos nosotros, así que nosotros somos los que debemos hacerla cambiar. Lo importante es que un cambio social requiere de un compromiso de la mayor cantidad posible de personas para hacerlo realidad. Un trabajo sistemático, permanente y concreto, que parte con un compromiso.

¿Armamos ese sitio?