Blade Runner 2049: ¿está a la altura del film original? ¿Vale la pena?

La secuela de una de las películas de ciencia ficción más importantes de la historia llegó a los cines esta semana. El Chaya de Nerdix.cl nos cuenta, cual cirujano de androides genéticos, si tiene lo necesario para continuar la obra creada por Ridley Scott.

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El miércoles pasado, ad portas del estreno de Blade Runner 2049, llovió con todo en Santiago. Como nunca, con cuática. Algo inusual para los días primaverales, pero quizás, una señal o aviso para los fanáticos y fanáticas del espíritu de la Blade Runner original, esa que estaba cargada de lluvia ácida y emocional, donde el futuro se vislumbraba lúgubre, tórrido y, digámoslo, real. Por eso es necesario descifrar si la nueva producción y apuesta dirigida por Denis Villeneuve cumple con la difícil tarea de compararse con la cinta de 1982 que cambió el modo de ver la ciencia ficción y el cine contemporáneo; sin perderse, “como lágrimas en la lluvia”. ¿Prueba superada?

Recuerdos, usted habla de recuerdos

Partamos con que Blade Runner 2049 aterriza, en su historia, 30 años después de lo ocurrido con Deckard (Harrison Ford), Rachel (Sean Young) y los Nexus 6; mostrándonos un mundo aún más solitario (miedo) y aún más contaminado en todo sentido (más miedo), donde las clases sociales tienen a los replicantes o androides en lo más abajo, yéndose a la B, lo peors.

Y aquí está el agente “K” (Ryan Gosling), parco y sumiso policía blade runner con carita de pena cuya pega es “retirar”, dar de baja o de frentón asesinar a robots que escapen de la ley. Los busca, identifica, dispara, y al cajón. Todos los días, como una rutina, obedeciendo y terminando sus jornadas en su departamento acompañado sólo de Joy (Ana de Armas), su amiga multifuncional, pero virtual. Tristísimo escenario cada vez más próximo en los tiempos digitales de la actualidad.

 Por otro lado, tenemos a Niander Wallace (Jared Leto), director de la mayor corporación de creación de replicantes que anhela seguir evolucionando en sus productos, cueste lo que cueste, ser un dios. Entonces algo sucede, que los caminos de éste y el agente “K” chocan, lo que puede cambiar el devenir de la no-humanidad.

Teniendo esta sinopsis, primero debemos confirmar que esta historia cunde, te engancha, tiene más que lo suyo. Retoma las dudas y contextos de la predecesora, pero sin “replicar” los rollos del todo, más bien jugándosela por los personajes y sus problemas, su intimidad. O sea, el eco de cine detectivesco continúa, no tanto desde el cine noir explícito, pero sumando una trama muchísimo más elaborada.

Y las cosas que se citan o remiten del film ochentero (perfiles de los personajes, el detective, el científico megalómano, el del departamento de policías, la musa solidaria, etc.), tienen más motivaciones y profundidad. Dedito para arriba en este punto.

La ciudad de Hades 2.0

Sobre la estética, diseño, visualidad y fotografía acá nos jugamos por el empate. Es la firme.

Pensemos en el hito que significó construir Blade Runner el ‘82, donde todo, pero todo, se ejecutó con efectos especiales análogos y superposiciones, nada digital. Más bien con maquetas y sets gigantes, pintados a mano, jornadas interminables de grabación bajo lluvia y humo, incluso reciclando materiales y objetos de otras películas, como el Halcón Milenario de Star Wars o una nave de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Esto, complementado con la obsesión y perfección excesiva de Ridley Scott en cada minúsculo detalle (con un imaginario gráfico conectado con Moebius), logran que este film se alce como referente y mito. Fue alabado por Philip K. Dick, autor de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? en la que se basó el film.

¡Pero, pero! A pesar de toda esta mega cuestión como precedente la entrega fílmica de este 2017, de 35 años después, también es joya, de la buena, brillando por sí sola.

Créditos que tienen a Roger Deakis, emblemático director de fotografía hollywoodense reversionando los parajes de antaño, en esta ocasión virtualmente, y exhibiéndonos escenarios interminables, de colores brumosos, angulados, desoladores, recargados y maravillosos. Su misión no es opacar los sucesos, sino cobijarlos, algo que quizás fue al revés en la película ochentera.

Empate, absolutamente.

Duelo de replicantes

El ítem musical es más polémico. Porque es innegable la maestría y creatividad de Hans Zimmer y Benjamin Walllfish (que les adelantamos ganarán un Oscar ya sea por Blade Runner 2049 o por Dunkirk), decorando cada escena, diálogo y acción con melodías intigrantes y tecnológicas. Pero, siendo admirables, distan de tener la fuerza y vida propia que el griego Vangelis armó para Blade Runner. El loco hizo el soundtrack de una era, una película aparte.

Si de interpretaciones se trata, los escenarios son positivos. Ryan Gosling aprovecha su carita de pena y contención más que nunca, aportando más matices que aquel Harrison Ford de 35 años, también con carita de pena, y en lo más alto de su éxito. “K” es invalidez, simetría, que poco a poco se va rebelando contra todo. Ahora, interesante es el propio Deckard versión senior, donde Ford realmente nos toca el corazón y compenetra, kilómetros más que lo hecho en Star Wars o Indiana Jones con sus personajes en modo tercera edad. Funciona Jared Leto con este ser hermético y divino, Ana de Armas en su delicadeza, encierro y resilencia; Robin Wright porque es Robin Wright, y, el tapado, la sorpresa, el ex luchador Dave Bautista. Te pasaste.

Días del futuro pasado

Cuando Ridley Scott hizo Blade Runner se peleó con todo el mundo, hasta con él (aceptó dirigirla porque quería reflejar el dolor de la pérdida de su hermano fallecido de cáncer). La crítica y la taquilla la despedazaron en su momento, nadie la entendió, y tanto el elenco como la producción del film la sintieron como un hijo insufrible y tortuoso. Eso sí, el tipo acertó con sus predicciones, esas que configuran un mundo lleno de razas, etnias, colores y cultos sobrepoblados, revueltos y perdidos; con los poderosos en ciudades espaciales o lejos del vulgo.

En su vereda el canadiense también entrega sus mandamientos, enrostrándote un presente que no sabe los límites de la inteligencia artificial y la era digital, dejando a la humanidad esclavizada por los soportes tecnológicos y la nula privacidad (como el uso de los drones). Pero evidentemente en un tono más esperanzador, más crepuscular que oscuro, donde las relaciones interpersonales y nuestros lazos (familiares, vivenciales o convicciones) son la clave para cambiar el presente.

Bajo esta lupa, Blade Runner 2049 y la propuesta de Villeneuve extiende horizontes y promueve otros debates, desde la ciencia ficción y su notable ejecución.

Veredicto

En definitiva, sacando la calculadora, Blade Runner 2049 no es Blade Runner, es una secuela engañosa, un universo expandido de lo ya visto, que tiene la capacidad de usar los cimientos pero jugarse y atreverse a estilos y debates. Y en lo personal, esos riesgos, importan y encantan.

Como lo hizo recientemente IT, Rogue One en Star Wars o Creed con Rocky. Haciendo de los clásicos, nuevos clásicos. No es una película fácil (dura casi tres horas), no es blockbuster con humor y batallas pirotécnicas… es guión y cuestionamiento. Si te gustó la lluvia primaveral, con esa nostalgia y sol posterior, Blade Runner 2049 es tu carta. Y está dentro de las mejores de este año.